Revolución en marcha

Hace casi un año, la chispa de la revolución árabe saltó a través de Túnez a Egipto. Alex Callinicos hace balance.
La ocupación de la plaza Tahrir de El Cairo hace un año inspiró, entre otros, al movimiento del 15M en el Estado español y al movimiento Occupy en Estados Unidos. Sin embargo, "Tahrir" representa también un proceso revolucionario más complejo y menos visible, mucho más militante e impulsado por la clase trabajadora en otros centros urbanos como Alejandría, Suez y Port.
Este proceso da una idea concreta de la autoemancipación colectiva en el siglo XXI. La idea generalizada después de la caída de los regímenes estalinistas en Europa del Este y la Unión Soviética de que la tradición revolucionaria clásica ha pasado a mejor vida parece ahora una broma.
En los meses de noviembre y diciembre de 2011, la plaza Tahrir ofreció de nuevo el escenario para una gran batalla entre una mayoría de jóvenes activistas de la clase trabajadora y el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF) y su reconstruida policía de choque. Este enfrentamiento tuvo lugar en el contexto de un enorme crecimiento del movimiento de trabajadores y trabajadoras independientes en agosto y septiembre.
Las contradicciones sociales a romper
Lenin sostuvo hace mucho tiempo que la política es una expresión concentrada de la economía. Eso no quiere decir que los acontecimientos en el terreno político reflejen simplemente el auge de la lucha de clases en el campo económico. Daniel Bensaïd lo explicó muy acertadamente: "Lenin fue uno de los primeros en considerar la especificidad del campo de la política como una interacción de fuerzas transformadas y contradicciones sociales, con un lenguaje propio lleno de dislocaciones, compactaciones y traicioneros lapsus linguae".
Debido a que la política cubre la totalidad de las contradicciones sociales, desarrolla su propia lógica, que no se puede reducir a ninguna lucha específica. Por otra parte, la política es la expresión concentrada de la totalidad de las contradicciones sociales, la interacción de todo el espectro de fuerzas de clase y no sólo la oposición entre capital y trabajo.
Tal comprensión política es esencial para descifrar el proceso revolucionario en Egipto, con su gran y diversa población de capitalistas, trabajadores y trabajadoras, la "nueva clase media" de los mandos medios y las profesiones independientes, su numerosa pequeña burguesía –que se identifica a la perfección con la población urbana pobre– y el gran campesinado.
Luchas por el poder militar
El último drama fue el resultado directo de un error de cálculo por parte del SCAF. La junta tenía un doble objetivo en mente: estabilizar el dominio burgués y defender los enormes privilegios de los militares egipcios desde la toma del poder de los Oficiales Libres en 1952.
Así, anunció su intención de mantener las riendas del poder hasta al menos 2013, mucho después de la finalización del proceso de elecciones parlamentarias y presidenciales. De esa forma, el presupuesto militar no estaría sujeto a ningún tipo de control parlamentario.
Hermanos Musulmanes como un apoyo
Este intento de neutralizar los resultados de las elecciones puso en alerta no solamente a los elementos revolucionarios más avanzados, sino incluso a las fuerzas políticas que el SCAF consideraba como aliados para devolver la sociedad egipcia a la estabilización: en primer lugar los Hermanos Musulmanes (HHMM), pero también partes de los salafistas –redes islamistas extremadamente puritanas patrocinadas por los saudíes, que poseen gran influencia en la región predominantemente agrícola del Alto Egipto (sur de Egipto).
Los propios HHMM, a pesar de su conservadurismo económico y social, se han convertido en la voz principal de la oposición contra el régimen de Hosni Mubarak. De ahí que se ofrecieran como socio ideal del SCAF para crear una base de masas más amplia para el establecimiento de la dominación burguesa. Incluso en julio de 2011, una gran manifestación organizada por los HHMM y los salafistas dio a los militares el apoyo político necesario para dispersar por la fuerza a una concentración de familiares de los mártires de la revolución en la plaza Tahrir.
Sin embargo, el SCAF había ido demasiado lejos. Los HHMM no tenían ningún interés en ceder su esperado éxito electoral a una continua supervisión militar del proceso político. Una enorme manifestación como expresión del acuerdo temporal entre los HHMM, algunos salafistas liberales y fuerzas seculares de izquierdas llenaron la plaza Tahrir el 18 de de noviembre. Pero, conforme se desencadenó una confrontación con la policía antidisturbios y el mismo ejército, los HHMM (aunque no todos sus militantes) formaron en retirada.
Estancamiento y contradicciones
Los enfrentamientos en la plaza y en otras ciudades de Egipto llevaron a un punto muerto. Por un lado, la inmensa mayoría de las víctimas y la voluntad absoluta de al-Shabab (los trabajadores jóvenes que protestaban) eran demasiado para el SCAF. A pesar de los muchos muertos o heridos por balas y gases lacrimógenos, no pudo aplastar las manifestaciones.
Por otro lado, los manifestantes tampoco alcanzaron su propio objetivo de eliminar al líder de la junta, el mariscal Hussein Tantawi. Esto se debió principalmente a que el SCAF llevó a cabo una retirada táctica e hizo la oferta de una transición acelerada hacia un gobierno civil.
De este modo, los HHMM estaban satisfechos. A partir de entonces sus líderes lucharon con toda su fuerza contra la demanda de boicot de Tahrir a las elecciones parlamentarias, cuya primera ronda de votación tuvo lugar el 28 y 29 de noviembre sin grandes perturbaciones. Si las reivindicaciones de los ocupantes hubieran sido acompañadas por huelgas de masas, la situación habría sido probablemente diferente.
Pero el apoyo que recibieron los y las revolucionarias por parte de la confederación de sindicatos egipcia no fue más que simbólico. Las huelgas de masas en agosto y septiembre se habían visto frenadas. A pesar de que significaban un gran aumento en el grado de organización de la clase trabajadora, de poco sirvieron para hacer valer sus demandas.
En términos más generales, se ha abierto un abismo entre una minoría visible y autoorganizada que reconoce la necesidad de romper el poder de los militares con el fin de completar la revolución, por un lado, y el grueso de la población, que quiere dar una oportunidad a las elecciones, por el otro. No sería la primera vez que en una revolución quedasen aisladas las fuerzas más progresistas al llamar a un boicot de las elecciones. Eso les pasó al Partido Comunista de Alemania, creado después de la revolución de noviembre de 1918, y al ala de la extrema izquierda portuguesa que se excluyó de las elecciones a la Asamblea Constituyente en 1975.
Ha comenzado un proceso
Las personas que nunca han experimentado la democracia burguesa, especialmente en las zonas rurales y relativamente alejadas de la revolución, tendrán que acumular una mayor experiencia antes de pasar a defender la alternativa de una democracia socialista. Hossam el-Hamalawy lo expresa de forma más concreta: "Su impaciencia por ir a votar es una expresión de la necesidad general de despedir al SCAF".
Los resultados de la primera ronda, con el Partido por la Justicia y la Paz de los HHMM y el partido de los salafistas cosechando un total de 60 por ciento de los votos, vienen a demostrarlo. Los resultados no son tanto una expresión del principio de una avalancha islámica, sino más bien la muestra de que la masa de los egipcios se encuentra en las primeras etapas de un proceso en el que van probando las diferentes opciones políticas, comenzando con las que les resultan más conocidas.
Una encuesta de YouGov entre el 23 de y 27 Noviembre entre 1.992 participantes de todo el país pone de relieve el complejo estado de ánimo actual de las masas. Alrededor del 46 por ciento estaban convencidos de que el ejército garantizaría "elecciones libres y justas". El 32 por ciento dijo que la nueva Constitución redactada por el SCAF "otorga demasiado poder al ejército, incluso después de la elección de un nuevo gobierno civil".
En general, el 48 por ciento cree que las protestas eran "necesarias para cumplir los objetivos de la revolución". Esta cifra se eleva al 55 por ciento entre la población con ingresos más bajos (266 dólares o menos ingresos mensuales). Alrededor del 59 por ciento dijo que "muy probablemente" iría a votar. Esto demuestra que la gente está dispuesta a recorrer el camino de las elecciones trazado por el SCAF, pero que también está muy comprometida con la tradición de movilización desde abajo desarrollada desde enero de 2011.
En resumen, se puede observar que la revolución egipcia ha seguido avanzando desde el verano. Un gran número de activistas jóvenes ha ido abandonando la retórica de unidad entre el pueblo y el ejército, dominante en el momento de la caída de Mubarak.
El movimiento sindical ha hecho grandes progresos. El grado de autoorganización se ha incrementado en los lugares de trabajo y en las calles. La frágil sociedad formada por los generales y los Hermanos Musulmanes se enfrenta a pruebas más duras. La presión de la crisis económica mundial por reducir el nivel de vida sigue siendo un elemento desestabilizador. Y justamente como los HHMM son una fuerza política de base amplia, reflejan en sus filas todas las contradicciones de la sociedad egipcia.
Militares a la defensiva
Wael Gamal, editor del diario Schrouk, argumenta: "El SCAF es muy, muy débil. Cada vez que 100.000 personas llenan Tahrir, tambalea el gobierno. Están a la defensiva. El problema es que la gente en la plaza Tahrir no tiene la capacidad de seguir aumentando la presión en cada lugar de trabajo para hacer frente a toda la red de intereses detrás del SCAF y el antiguo régimen. La lucha por la democracia y el cambio social se ha encendido de nuevo".
La revolución egipcia está evolucionando así. Como dice el-Hamalawy: "Habrá olas, mareas, batallas que se ganan y otras que se pierden". El resultado final dependerá de si los activistas que en noviembre rompieron definitivamente con el ejército tienen éxito y se ganan el apoyo de las masas que en esta ronda aún no se han posicionado claramente. Esto, a su vez, requiere el desarrollo del movimiento obrero y una organización socialista revolucionaria mucho más fuerte y mejor anclada que la actual.
Extraído de Marx21.de.
Traducido por Isaac Salinas


















