La campaña por la enmienda y el futuro de Venezuela
El pasado 15 de febrero se aprovó en Venezuela por referéndum la enmienda constitucional que permitirá la reelección indefinida de los cargos electos. Mike González, profesor de la Universidad Bolivariana de Venezuela, nos explica cómo se desarrolló la campaña y las perspectivas del proyecto bolivariano.
A las nueve y media de la noche del 15 de febrero, la Avenida Urdaneta en Caracas ya estaba llena de gente. Casi todos llevaban la camiseta roja del chavismo con el eslogan del “Sí”. Unos minutos después salió Hugo Chávez al balcón del palacio presidencial de Miraflores para declarar el resultado de la campaña por una enmienda a la constitución. El Sí ganó con seis millones y medio de votos (el 55%),anunció, ante el júbilo de sus seguidores de la Avenida.
Chávez estaba ronco. Era de esperarse, después de una campaña que se centró en su persona y con la casi exclusión de otros voceros del gobierno. A partir de diciembre Hugo Chávez hablaba en cadena nacional de radio y televisión todos los días. Fueron 82 discursos en cadena nacional. A partir de enero, el trabajo del Estado llegó prácticamente a paralizarse, mientras casi todos los funcionarios se echaron a la calle, de camiseta, para movilizar a los adeptos del proceso.
El campo del “No” abarcaba a una gama de sectores políticos, incluyendo los antiguos partidos del poder – Copei y Acción Democrática – que durante años se turnaron en el poder, junto con nuevos grupos como Primero Justicia. Pero la cara más visible de la campaña del “No” eran los estudiantes de las universidades privadas, que tomaron la cabecera de todas las manifestaciones y protestas. Era una táctica bien ponderada que se empezó a usar en 2007 durante las protestas por la no renovación de la licencia del canal de televisión RCTV, que había apoyado el golpe de estado contra Chávez en 2002. De alguna manera se pretendía representar el “No” como un voto por la democracia, por la juventud, y contra el continuismo en el poder, como si el conflicto fundamental en esta serie de enfrentamientos electorales fuera una lucha generacional y no una lucha de clases.
La propuesta que se disputaba este 15 de febrero se había presentado ya una vez, en el referendo de diciembre de 2007. En esa ocasión se perdió por un margen de dos puntos. Se trataba de una enmienda a la constitución que permitiera la re-elección indefinida, no sólo de Chávez como presidente, sino también de todos los puestos elegidos, incluyendo gobernadores y alcaldes. Bajo la actual constitución, aprobada en 1999, se permitían sólo dos períodos en el poder.
Fue una victoria para Chávez, de eso no cabe duda. Sin embargo, la cifra de abstención llegó a un 32%. Esta fue la tercera votación en menos de quince meses. Entre 2007 (el referendo sobre el paquete de enmiendas) y 2009, el voto de apoyo a Chávez subió cerca de un millón de votos. Pero también es cierto que hubo que hacer un inmenso esfuerzo de parte del Estado y del partido oficial, el PSUV, para conseguir esta cifra.
En noviembre del año pasado, las elecciones para gobernadores y alcaldes rindieron ganancias para la derecha, que ganó cinco gobernaturas y varias alcaldías importantes, entre ellas la emblemática alcaldía de la Gran Caracas. El resultado dejó entrever una importante pérdida de votos chavistas, aunque no fueran a parar a la derecha. El pueblo de Venezuela conoce de sobras el carácter y las intenciones de la oposición de derecha que mira con envidia la solución que encontró la burguesía chilena, que en 1973 arrasó con un gobierno reformista e implantó un régimen militar que duró quince años. Es una oposición que se ha empeñado en presentarse como renovadora, pero la verdad es que representa una derecha que perdió el poder en 1998 y que lo quiere recobrar.
En algunos lugares, hay una coincidencia de acciones entre la oposición y un paramilitarismo cada vez más atrevido que funciona en base a una creciente economía de la droga. Lo cierto es que más de 400 líderes campesinos, populares y sindicales han sido asesinados – cifra realmente preocupante que, sin embargo, apenas se menciona en los medios oficialistas. Donde la derecha ganó gobernaciones, hubo incidentes de violencia o hostigamiento de trabajadores, funcionarios o activistas del chavismo. Y a pocas horas de ganarlas se registraron asaltos a los centros médicos cubanos. Pese al intento de ponerle una cara joven y sonriente, la oposición no tendría reparo en emplear la violencia contra las organizaciones populares en algún momento.
Luces y sombras de la revolución
El voto no desmiente las serias preocupaciones entre sectores afines al chavismo y, sobre todo, las masas populares de los barrios por la corrupción, la inseguridad y el evidente y rápido deterioro de la infraestructura urbana. Se amontona la basura, las calles y carreteras son cada vez más intransitables, y la violencia arrecia, asociada sobre todo con el tráfico de drogas y el paramilitarismo. La revolución bolivariana no ha logrado afrontar ni amainar esos problemas.
El proceso bolivariano ha significado, sobre todo para las clases populares, una serie de mejoras y adelantos en la vida colectiva. Las Misiones, programas sociales en el campo de la educación, la salud y la vivienda,representaron la punta de lanza de la llamada ‘revolución bolivariana’. De hecho se pusieron en marcha después del fallido intento de golpe en abril de 2002, reconocimiento de parte de Chávez de que su revolución bolivariana sobrevivió gracias a la movilización del pueblo pobre y trabajador y de que ellos eran su única garantía. El paro patronal de noviembre de ese año dio la prueba definitiva de lo que se encontraba en juego. La burguesía intentó de nuevo derrocar el chavismo destruyendo la industria petrolera. Fracasó – una vez más por la defensa masiva que montó el movimiento popular.
De 2003 a 2005, se vivió el avance de la revolución popular bolivariana. Miles de trabajadores volvieron a la educación, el programa de salud popular avanzó a grandes pasos con el apoyo de los casi 20 mil trabajadores cubanos de la salud de la Misión Barrio Adentro. Se lanzó un programa de cooperativas, se iniciaron experimentos en la ‘cogestión obrera’ con la fábrica Alcasa en la vanguardia y se nacionalizaron importantes empresas como una de teléfonos y la de electricidad. Y el sector más importante de todos, el petróleo, pasó plenamente a manos del Estado después del paro patronal. Era el momento más creativo y esperanzador del proceso bolivariano, culminando en enero de 2005, cuando Chávez declaró en el acto de clausura del Foro Social Mundial de Porto Alegre que la revolución bolivariana era socialista. Y aunque el ‘socialismo del siglo XXI’ quedaba aún por definirse, se hablaba insistentemente de una democracia participativa y de una transferencia del poder de decisión hacia las organizaciones populares –el ‘poder popular’.
La frase sigue repitiéndose en cada discurso oficial, pero la realidad es que se empezó a abrir una brecha cada vez mayor entre la retórica y la realidad. En el 2005 hubo un indudable reflujo de lo que en un momento dado se veía como el proyecto de un Estado alternativo – las Misiones más las organizaciones populares. Poco a poco, el concepto de ‘poder popular’ se fue redefiniendo como poder del Estado – siguiendo más de cerca el uso cubano del término. El elemento participativo fue cediendo lugar a un concepto de democracia representativa otra vez. El financiamiento de las Misiones dependía cada vez más de la renta petrolera – pero al mismo tiempo se notaba la escasez o hasta la desaparición de recursos, proyectos incompletos, y una burocratización en todos los niveles, desde el Estado pasando por las administraciones estatales y locales y hasta en la dirección de los programas sociales mismos. Aun así, seguía en alto la esperanza y en las elecciones presidenciales de 2006 Chávez incrementó su mayoría.
Al mismo tiempo, se percibía una preocupación entre mucha gente en lo que al carácter y futuro de la revolución se refería. En el Estado se estaba consolidando una nueva capa burocrática, muy cercana a Chávez, muchos de ellos militares que acompañaron a Chávez en la época del intento de golpe. Su influencia iba en aumento en la medida en que, pese al discurso de la revolución popular y participativa, en realidad se estaba construyendo un aparato de poder cada vez más centralizado. El debate se intensificó cuando Chávez declaró la creación de un nuevo partido, el partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) en diciembre de 2006.
Esta iniciativa, como suele pasar, se anunció desde la presidencia sin previo aviso ni discusión, y sin preparación política en las bases. Era un hecho consumado y sólo le cabía al movimiento aceptar o no. Su programa sería redactado por un grupo nombrado con anticipación y su dirección política surgió también por decreto. Sin embargo, se apuntaron seis millones de personas en cuestión de semanas, testimonio del apoyo masivo del que seguía gozando Chávez. Los tradicionales partidos de izquierda ya se habían declarado a favor, o se habían dividido (como fue el caso del Partido Comunista). En la izquierda revolucionaria, y las organizaciones populares, se abrió una fuerte polémica. Se escindieron en muchos casos, sobre todo, ante la esperanza de que el partido funcionara democrática y transparentemente. De hecho, resultó ser un partido del Estado, absolutamente centralizado y controlado desde arriba. En las elecciones para delegados al primer congreso y en las reuniones para elegir candidatos para la elecciones de 2008, todo fue dictado desde arriba.
En el Estado Miranda, por ejemplo, el candidato a la gubernatura, Diosdado Cabello, tenía el respaldo incondicional de Chávez. Sin embargo, en el partido a nivel estatal hubo fuertísimas polémicas sobre su candidatura, y su votación fue mucho menor que el número de militantes del PSUV de la región. Diosdado es uno de los más poderosos miembros de la nueva burocracia que realmente dirige el Estado venezolano y el PSUV. Poco a poco se ha ido marginado a los que más claramente defendían el proyecto revolucionario, dejando en su lugar a los incondicionales de una u otra camarilla. La consolidación de esos grupos de poder y control en todos los niveles ha ido de la mano de una creciente corrupción, cuyas dimensiones son a veces difíciles de imaginarse. Y se han ido cayendo en la trampa o la tentación hasta gente con clara trayectoria revolucionaria, como parece haber sido el caso de Juan Barreto, ex-alcalde de Caracas.
Esta nueva capa burocrática emplea muy hábilmente el lenguaje revolucionario. Pero es una retórica que moviliza, pero que no ilumina. El PSUV sobrevive porque existen miles de personas de base comprometida con la revolución bolivariana y que todavía apoyan incondicionalmente a un Hugo Chávez al que siguen identificando con una estrategia dirigida a construir una nueva democracia desde la base. Pero el partido exige obediencia sobre todo, y no hay formación política más allá de vitorear una socialismo jamás definido y un bolivarianismo poco claro. No existe posibilidad alguna de que surja del partido una nueva capa de dirigentes concientes y capaces de desarrollar una postura crítica, apoyando al chavismo pero al mismo tiempo manteniendo la línea revolucionaria. Todo lo contrario. Chávez mismo tildaba de contrarrevolucionario al Partido Comunista por su actitud disidente ante el referéndum de 2007, y la palabra ‘escuálida’ que tan acertadamente caracterizaba a la oposición de derecha, ahora se emplea ante cualquier cuestionamiento o crítica de las estrategias y programas del Estado. Como lo define Roland Denis, activista destacado del movimiento popular, hay un ‘cerco ideológico’ que no permite salida.
La realidad es que el despilfarro y el derroche de los recursos del Estado, sobre todo del ingreso petrolero que este año ha sido mayor que nunca (el precio por barril, hoy a $35, llegó durante el año pasado a $147), es del conocimiento de todos. Las evidencias están a la vista – en las calles llenas de huecos, pese a los enormes fondos apartados para reparaciones, y en el sector de la salud, donde tantas instalaciones demuestran falta de inversión y abandono. En el comercio los productos desaparecen de los estantes para reaparecer a las pocas semanas en grandes cantidades y con aumento de precio. Los programas sociales se recortaron este año y ya está anunciado que habrán recortes mucho mayores en el próximo año financiero. Y el creciente impacto del sicariato a través del país escapa a todo control o justicia, muchas veces con acusaciones de corrupción y hasta de complicidad de ciertas agencias oficiales.
¿Por qué decidió Chávez lanzar la campaña por la enmienda en un momento tan delicado? Desde luego no por las próximas elecciones presidenciales, que no serán hasta 2012. El objetivo ,sin duda, era consolidar su apoyo y poder personal ante lo que será indudablemente un año muy difícil. Se insiste en que Venezuela no sufrirá mayores efectos por la recesión mundial. La inflación alcanzó en 2008 una cifra oficial del 37%, y un nivel real (por ejemplo en precio de alimentos) de mucho más del 60%. El recorte de la producción petrolera y la caída del precio significan desde ya que no se podrá seguir financiando los programas sociales, que ya este año sufrieron reducciones masivas. El desempleo va en aumento y Venezuela sigue dependiendo de las importaciones, sobre todo de alimentos.
La derecha se aprovechará de la crisis para sembrar aun más desconcierto, protegiendo al mismo tiempo sus intereses. Los asesinatos de líderes comunitarios y sindicales lo dice a gritos; hace dos semanas murieron dos trabajadores de la Toyota a manos de la policía durante una huelga.
Ante estas realidades, Hugo Chávez insiste en su compromiso con el poder popular, pero fortalece un Estado centralista y su poder personal. En el curso de esta campaña, la figura de Chávez se ha resaltado a expensas de todos los demás y su discurso hace hincapié en la centralidad de su persona en la revolución.
Al hacer esto, Chávez incurre en una interesante contradicción. Por un lado, la figura de Chávez sigue teniendo una gran fuerza simbólica, en tanto representación del protagonismo de las grandes masas excluidas y la esperanza de una nueva democracia auténticamente popular. Por otro lado, en tanto jefe del Estado el apoyo a él refuerza el aparato estatal y partidario que maneja la burocracia - lo que aquí se llama ‘la derecha endógena’ – cuyos intereses no radican en el desarrollo de ese proyecto, sino en la consolidación de su poder y de un capitalismo dirigido desde el Estado.
Sin duda se avecina una crisis económica cuyo impacto se sentirá primero en los barrios populares. La caída de la renta petrolera significará la crisis de los programas sociales – de hecho, ya se está empezando a sentir claramente; y ante la falta de capacidad productiva dentro del país ni la burguesía nacional ni el capital extranjero invertirá en Venezuela.
¿De quién dependerá entonces la defensa y profundización de la revolución social? El movimiento popular demostró ya su disposición a dar el todo por el todo. Pero a la hora de la verdad no será el Estado que montará esa defensa, ya que su estrategia consiste en crear alianzas con los capitalismos de estados de China y Rusia. En ese momento se necesitarán organizaciones independientes de base, que apoyen el proceso bolivariano pero que tengan al mismo tiempo la capacidad de actuar independientemente del Estado y con clara visión política, para que sea la burguesía que pague los costos de la crisis.
Si no se desarrolla esa expresión política, serán las mismas masas las que sufrirán y el proyecto bolivariano quedará desvirtuado y en manos de gente que por encima de todo protegerá sus intereses y su poder.


















