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Entrevista | “Si das espacio a los fascistas, estás negando el derecho de la gente a vivir”

En las pasadas elecciones europeas, en Gran Bretaña el partido fascista BNP (British National Party) consiguió dos escaños. Desde entonces, el UAF (United Against Fascism) ha estado denunciando y boicoteando los actos del BNP. La Hiedra ha hablado con el secretario general del UAF, Weyman Bennett, sobre el incipiente resurgimiento del fascismo y cómo combatirlo.

¿Qué está ocurriendo en Gran Bretaña con el BNP?

Dos miembros del BNP han ganado un asiento en el Parlamento europeo como resultado de las pasadas elecciones de junio. Esto es un problema, ya que de esta manera ganan legitimidad y dinero para llevar a cabo políticas fascistas.

¿Qué ha hecho posible su auge?

Los partidos mayoritarios, los que representan a la mayor parte de la clase trabajadora, están perdiendo apoyo. No es cierto que la mayor parte de su voto haya pasado al BNP; el hecho es que en Europa se ha producido un declive de la socialdemocracia. La decepción con los partidos que se suponía que traerían el cambio ha dejado un vacío.
De forma similar al Estado español con el gobierno del Partido Popular, en Gran Bretaña el apoyo del Partido Laborista a la guerra de Iraq y las políticas neoliberales que ha aplicado a lo largo de los últimos años han provocado una enorme insatisfacción por parte de una buena parte de su electorado. Por este motivo, su base no acudió a votar.
Así, un pequeño partido fascista que recibió menos del 6% del voto consiguió dos escaños en Europa.

¿Quién vota al BNP?

Entre la gente que vota al BNP, solamente un pequeño porcentaje son votantes tradicionales del Partido Laborista. Muchos más son antiguos votantes de los conservadores. Son, sobre todo, gente de clase media: hombres de negocios, comerciantes... Un rasgo que tienen todos en común es que son racistas. Un 32% de votantes del BNP cree que lo que se dice sobre el Holocausto es exagerado.

Así pues, ¿podemos decir que el BNP es un partido nazi?

Sí, en esencia es un clásico partido nazi. Su principal dirigente —y ahora uno de sus eurodiputados—, Nick Griffin, se unió al fascista Frente Nacional a la edad de 15 años. Más tarde pasó a formar parte de un pequeño grupo en apoyo a Roberto Fiore, un fascista italiano implicado en los bombardeos de Boloña en 1980. También son conocidos sus contactos con Le Pen.

Griffin está convencido de que el Holocausto es un cuento que inventaron los aliados. Detrás suyo tiene todo un historial de incriminaciones por incitar abiertamente al racismo. En referencia a la elección del primer concejal del BNP el año 1995 en un barrio de Londres, dijo que defenderían sus principios “con puños y botas”.

El otro eurodiputado del BNP, Andrew Brons, llamó “subhumano” a un policía de origen asiático. Éste comenzó su carrera política en el Movimiento Nacionalsocialista, un grupo abiertamente neonazi e inspirado en Adolf Hitler.

Han adoptado la estrategia de Le Pen en Francia, encubriendo su verdadera naturaleza fascista y disfrazándose de partido “respetable” con tal de intentar ganar más votos. Actualmente, igual que otros partidos fascistas en Europa, el BNP está intentando beneficiarse de la crisis para ganar espacio.

Y parece que lo están logrando. Ejemplos no faltan: Italia, Austria, Holanda... ¿Cómo de real es el peligro del fascismo en este contexto? ¿Qué papel ha de jugar la izquierda?

Hemos de considerar que la amenaza es muy grave.

Nuestra tarea es denunciar a esta gente como fascistas, ya que están intentando construir una organización de masas. En el actual período de crisis económica que afecta a todos los países de Europa, tenemos una izquierda demasidado débil para llenar este vacío y ofrecer una dirección.

Con tal de detener al BNP hemos de ver cómo detuvimos en su momento al Frente Nacional. En Gran Bretaña hay una tradición antifascista que sigue viva. Es a partir de ella que hemos de construir.

El Frente Nacional francés comenzó como un grupo pequeño, el referente del Frente Nacional británico, entonces mucho más grande. Éste creció durante el mandato del Partido Laborista de 1974-79, el cual recortó los estándares de vida de los trabajadores. Los fascistas lograron apoyo para sus ataques a los inmigrantes.
Hemos de romper con esto, de dos formas. Por una parte, por medio de la propaganda masiva, informando a la gente de sus crímenes. Por otra parte, impidiéndoles directamente construir su organización.

Con sus actos públicos, manifestaciones, festivales, etc., los fascistas intentan atraer a una nueva audiencia, reclutar personas y convertirlas en fascistas comprometidos. Nosotros rompimos este proceso, en aquella época con la Liga Antinazi. Así, aquél que iba a una marcha del Frente Nacional sabía que se enfrentaría a una firme resistencia. Es la típica historia del “matón”; se siente con confianza cuando está en mayoría. Cuando veían que se encontrarían con una oposición más grande que ellos, muchos de los potenciales fascistas dejaron de participar en las manifestaciones. Como resultado, en los años ’80 el Frente Nacional británico estaba acabado; en Francia, donde no se le combatió de este modo, se convirtieron en una amenaza enorme.

En la lucha antifascista no hay lugar para medias tintas. Si no se opone suficiente resistencia a los fascistas, la gente comienza a creer y decir que son legítimos. Pero ¿es legítimo promover ataques racistas? ¿Es legímito decir que ser LGTB es un delito? Decir que un partido fascista es legítimo supone aceptar esto.

Precisamente se está diciendo que, dado que han logrado dos eurodiputados, el BNP es un partido legítimo y se le debería permitir tener presencia en los medios de comunicación. ¿Cuál es la postura de Unite Against Fascism (UAF) al respecto?

Nosotros nos oponemos. Decimos que Hitler fue elegido, pero ello no le hacía respetable. Ahora tenemos gente que dice que deberíamos respetar al BNP. Pero éste es un partido fascista, y por tanto hay que acabar con él. El hecho de que haya gente que lo vote no lo hace legítimo.

¿Nos quieren decir que fue correcto acabar con el fascismo en la Segunda Guerra Mundial, pero no lo es intentar derrotarlo ahora?

La política no es solamente la política institucional, las decisiones que se toman en el Parlamento. La política también tiene lugar en las calles, en los puestos de trabajo... en todos lados, y esta política viene determinada por la resistencia de la gente.

Por ejemplo, Nick Griffin quería dar una rueda de prensa internacional fuera del Parlamento. Nosotros podemos tener nuestras diferencias con mucha gente que está dentro del Parlamento, pero los fascistas quieren destrozar el Parlamento como elemento de la democracia. Así que dijimos: “no lo conseguirás”. Este intento de Nick Griffin de presentarse como un “gran líder” fracasó cuando recibió una lluvia de huevos en la cara y tuvo que huir de la protesta antifascista.

El dirigente nazi Göbbels estaba obsesionado con la propaganda, con la imagen. Si rompes su imagen, rompes su confianza.

También tenemos que luchar por el espacio público, pues de lo contrario nos atacarán y nos comerán el espacio. Es una cuestión de elección: que estén ellos o que estemos nosotros. Si das espacio a los fascistas, estás negando el derecho de la gente a vivir, y este derecho está por encima del de los fascistas a organizarse.

En muchos países europeos, el movimiento antifascista se limita a la izquierda radical luchando sola. UAF, en cambio, es muy amplio. ¿Cómo se construyó?

UAF engloba a todo el mundo dentro suyo. Puedes ser escolar, sindicalista, LGBT, fan de “Love Music Hate Racism”... lo que sea. Sólo hace falta que estés ahí para detener a los fascistas.

Esto no es posible con un grupo pequeño de personas. Necesitamos una organización antifascista amplia que consiga hacer llegar su mensaje a la gente. Sólo así podemos construir un movimiento de miles de personas contra los nazis que pueda marcar la diferencia.

Se trata de la estrategia del frente único. Es decir, golpeamos juntos, pese a nuestras diferencias en otros temas. Hay diputados laboristas, incluso ministros, en UAF, pero también hay anarquistas, socialistas, sindicalistas, etc.

Cerca de 100.000 personas asistieron al festival “Love Music Hate Racism” en Londres. No pedíamos que estuvieran de acuerdo con un largo programa político, sólo les pedimos que se opusieran al fascismo. Los fascistas no pueden hacer esto. Ellos no pueden juntar a 100.000 personas.

El gran problema que tenemos es cuando los fascistas se organizan para llevar a toda su gente al mismo lugar y son más que nosotros. Esto no ocurre a menudo, pero si pasa, los nazis se crecen, atacan e intimidan a la gente. En consecuencia, la gente se siente amenazada y deja de participar.

Esto es lo que ocurre si no tienes un movimiento antifascista lo suficientemente grande. Necesitamos una respuesta a la altura de las circunstancias. Hemos de dotar al movimiento de amplitud e involucrar a la juventud. En UAF, la edad media es de 14 a 18 años. Esto significa que toda una nueva generación se está politizando a través de nuestra lucha; una nueva generación que ha estado bastante alienada de la política. Y ellos no sólo hablan de fascismo; se preguntan por qué hay fascismo. Esto nos lleva hacia el futturo, a comenzar a hablar de otro tipo de sociedad.

Tú eres miembro de una organización revolucionaria, el Socialist Workers Party, y UAF incluye en su interior la central sindical britànica, el TUC. ¿Trabajar en este contexto te obliga a dejar de lado tu ideología?

No, en absoluto. Lo que has de hacer es presentar propuestas que funcionen, que hagan avanzar al movimiento.

La coordinadora de UAF la forman 21 personas, y sólo dos son revolucionarias. Tenemos tensiones internas respecto a la estrategia a seguir, hay debates. Pero la gente busca una estrategia que funcione. Quizá no comparten tu política, pero escucharán propuestas capaces de mobilizar contra los fascistas. Si sabes impulsar actos masivos donde gente nueva se une a UAF y muchos jóvenes participan, te darán su apoyo.

UAF es un frente único, una organización dedicada a una lucha muy concreta: contra el fascismo. Y dentro de esta lucha, hemos de negociar con las otras fuerzas que participan. Si perdemos una votación la perdemos, no pasa nada.

Pero en las cuestiones principales, en general ganamos las votaciones, porque incluso la gente del Partido Laborista y los dirigentes sindicales ven que hay que hacer algo para acabar con los fascistas.

Los fascistas se crecen en tiempos de crisis

Las elecciones europeas de junio dejaron claro que, de momento, en este contexto de crisis económica, la extrema derecha está ganando el pulso a la izquierda radical. Protagonista no es sólo el BNP en Gran Bretaña; en Holanda, el Partido por la Libertad (PVV), marcadamente populista y antimusulmán, se ha alzado como segunda fuerza del país con el 16,9% de los votos, que le otorgan cuatro escaños en el Parlamento europeo. Dos escaños se llevan los fascistas en Austria. Y su ascenso se está dejando notar también en países como la Rep. Checa, Hungría, Bulgaria, Finlandia, etc. Por no hablar de Italia o Polonia, cuyos respectivos gobiernos están aplicando restrictivas leyes contra inmigrantes y LGTB.

Es cierto que el alto nivel de abstención en las elecciones europeas explica en buena parte los “buenos” resultados obtenidos por la extrema derecha. Pero eso no significa que su amenaza sea menos real. Ante el alarmante aumento del paro que se está registrando en la mayoría de países, los discursos racistas y xenófobos de los partidos fascistas están ganando terreno.

En la actualidad, el espectro de partidos de extrema derecha en Europa abarca desde los populistas –más “moderados”- hasta los abiertamiente neonazis. Todos tienen en común una retórica política que se apoya en el nacionalismo y la inmigración como ejes de su campaña electoral, y que se ve favorecida por los déficits democráticos de la Unión Europea, en forma de restrictivas políticas de asilo y migración. La mayoría han abandonado la antigua idea nazi de superioridad biológica de la raza con tal de evitar caer en el ostracismo social, y han abrazado la teoría de la “nueva derecha”. Para ésta, solamente hay diferencias culturales entre las diferentes etnias. Se trata, aquí, de un racismo de segundo orden, principalmente en forma de islamofobia, pero que también expresa su odio contra minorías como los sinti y roma en países como Italia y Hungría.

Lejos de ser un fenómeno nuevo, el auge de la nueva extrema derecha en Europa tiene su origen en la crisis del petróleo y el inicio de la globalización neoliberal, que han venido fortaleciendo las organizaciones fascistas. Algunas han llegado a formar parte de gobiernos estatales, como la Liga Norte en Italia o el FPÖ en Austria. El desmantelamiento del Estado del bienestar, la mercantilización de todas las esferas de la vida, la menguante solidaridad en la sociedad… han servido de caldo de cultivo para un nuevo auge de la ideología fascista, con unas organizaciones extremistas adaptadas al nuevo contexto globalizado.

Ni que decir tiene que, también en este terreno, el 11/S marcó un antes y un después. La “guerra contra el terror”, iniciada tras los atentados contra las Torres Gemelas, no ha hecho más que alimentar la islamofobia.

Ante la inevitable pregunta de si existe un riesgo real del fascismo en Europa, conviene tener en cuenta cuáles son las condiciones necesarias para su acceso al poder: el apoyo de la clase dirigente y el desmembramiento absoluto de las organizaciones de la clase trabajadora. Estas condiciones, que sí se daban en los años ’30, no están hoy presentes, aunque muchos se sientan tentados a creer lo contrario. Por una parte, no se da la necesaria confluencia de intereses entre capitalistas y fascistas, principalmente porque la puesta en práctica del programa político de los últimos entorpecería las reglas del juego del mercado neoliberal. Pese al trasbalse que supone la actual crisis no podemos hablar, de momento, de superación del dogma neoliberal. Por otra parte, si bien es cierto que la izquierda revolucionaria no vive su mejor momento histórico y que la clase trabajadora se haya a la defensiva tras haber sufrido sucesivas derrotas en las últimas décadas, ésta no ha logrado ser completamente aplastada y conserva su propia dinámica.

Por último, y como dice Weyman Bennett, nuestro deber es no dejar espacio alguno para la organización de la extrema derecha. Para ello, debemos inspirarnos en éxitos de la lucha antifascista, como el bloqueo de la cumbre anti-islam en Colonia hace un año, en el que participaron 40.000 personas y diferentes colectivos sociales y políticos. Ni ahora ni nunca.

Isaac Salinas