El Contrapunto | La Conferencia Episcopal en extinción

Betlem Cañizar Bel analiza la última campaña demagógica de la Iglesia contra los derechos de las mujeres.

Los grupos de mujeres llevamos más de 30 años batallando por el derecho al propio cuerpo y el aborto libre y gratuito. Acabamos con una ley, la de los 80, que no nos servía, y estamos pendientes, 30 años después, de una nueva ley que no sabemos hasta qué punto recogerá algunas de las demandas básicas de las mujeres.

Parece, sin embargo, que la jerarquía católica nos dará impulso con su última campaña que, contrariamente a su intención, está consiguiendo despertar adhesiones al derecho de las mujeres a decidir.

Hablar de la última campaña antielección de la Iglesia es difícil por sus contenidos, que caen por su propio peso (y el lince de la foto ni siquiera es ibérico).
Su discurso es insostenible (aún cuando lo sostengan), lo que hace imposible dialogar nada con ellos. De hecho, la postura de buena parte de los colectivos de mujeres es no dialogar con ellos, no darles legitimidad, palabra, ni espacio público.

Su argumento es el mismo que hemos oído explicar durante años a madres, padres, abuelos y abuelas que habían recibido la educación nacional católica, y que muchas creemos superado: que la vida es algo que viene de Dios y que empieza exactamente en el momento de la concepción (si no antes, ya que no tengo claro si han aceptado la masturbación). Hasta el punto que si en el desarrollo del embrión se pone en riesgo la vida de la madre, como es el caso de la niña brasileña de 9 años embarazada de gemelos a raíz de una violación, no se puede intervenir. La niña abortó y la Iglesia ha excomulgado a la madre, la niña, y al equipo médico que le ha practicado el aborto. La católica es la única de las grandes religiones monoteístas que sostiene una postura tan rígida respeto el aborto.

Al menos con respecto al discurso oficial, porque todas sabemos que en la práctica, las mujeres creyentes también abortan, y hay colectivos como Dones en l’Esglèsia o Católicas por el Derecho a Decidir que tienen otros objetivos y otras prácticas.

Desde el movimiento feminista afirmamos que somos las mujeres las que hemos cuidado la vida, el planeta, el entorno, a la gente mayor y a la pequeña. Las que sabemos cuándo y cómo queremos y podemos ser madres. Las que pedimos la corresponsabilidad de la sociedad en este cuidado. Y las que desde hace miles de años abortamos cuando lo debemos hacer. Por ello exigimos el reconocimiento del derecho de las mujeres a decidir sobre el propio cuerpo. Reivindicamos el placer, una sexualidad sana y libre y defendemos la vida desde parámetros de dignidad y de calidad. Y por esto, a diferencia de la Iglesia Católica, estamos en contra de todas las guerras y de la pena de muerte, y a favor del condón o la eutanasia, por poner algunos ejemplos.

Pero este discurso vacío y absurdo de la Iglesia Católica se sostiene con medios desproporcionados. Sabemos que la jerarquía católica es rica y tiene mucho poder. Pero además, destinan a las campañas antielección muchos recursos, más de los que emplean con otras. Y es que el derecho de las mujeres a decidir sobre el propio cuerpo desmonta la más profunda de las estructuras patriarcales. La voz de la mayoría de las mujeres queda temporalmente sepultada ante la fuerza de estos recursos, que los colectivos feministas es evidente que no tenemos.

La campaña antielección es una ofensiva de alcance mundial, con ramificaciones diversas. Una de ellas son las plegarias “por los no nacidos” que, desde hace unos meses, realizan el 25 de cada mes, a las 20 h. grupos fundamentalistas católicos ante clínicas acreditadas para la interrupción del embarazo en algunos —pocos— lugares del Estado. No son numerosos, pero tienen un discurso y unas maneras muy agresivas que remueven fantasmas de épocas pasadas, y en los que implican a sus hijas e hijos, presentes en las plegarias.

En Barcelona, diversos colectivos se están concentrando el mismo día, a la misma hora, y en la acera de enfrente, en defensa de la libertad sexual y el derecho al propio cuerpo, y con el convencimiento de que las voces autoritarias no pueden tomar la calle, un espacio público, con impunidad.

Y a todo esto, el gobierno socialista decide, al fin, revisar la legislación del aborto, siempre y cuando haya consenso social. En la búsqueda de este consenso, y dado el poder de la Iglesia en este Estado, dialogan con ellos. Pero es absolutamente imposible hacer ninguna ley de aborto, del tipo que sea, con el consenso de la Iglesia (al menos de la jerarquía), dados sus supuestos básicos. La única ley buena para la jerarquía católica es penalizar el aborto, a las mujeres y profesionales, prohibir la educación sexual y reproductiva y la anticoncepción. Y en esto, estamos seguras que no hay ningún consenso social, ni siquiera dentro la propia Iglesia.

Por todo ello, volvemos a reclamar, 30 años después, la despenalización del aborto (porque se trata de un derecho y no de un delito) y su práctica en la sanidad pública con todas las garantías. Trabajamos por una buena educación sexual y afectiva y para que los medios anticonceptivos sean gratuitos y accesibles. Una sexualidad libre y responsable es el mejor medio para evitar abortos.



Betlem Cañizar Bel es activista de la Campanya per l’Avortament Lliure i Gratuït