El Nuevo Partido Anticapitalista ¿anticapitalismo o antineoliberalismo?
La formación del Nuevo Partido Anticapitalista en Francia el pasado mes de febrero ha abierto de nuevo el debate sobre la construcción de alternativas políticas que se opongan a la dinámica del sistema y qué tipo de perfil político deben tener. Por Manel Ros.
El próximo mes de noviembre hará diez años de uno de los acontecimientos que más han marcado la historia política en los últimos años. Las protestas de Seattle en noviembre de 1999 abrieron un nuevo periodo de luchas que se caracterizaba por tomar de nuevo la iniciativa ante la ofensiva neoliberal que se había dado durante los años 80. Tras un periodo donde el movimiento entró en un momento de desconcierto, actualmente nos encontramos en una situación política totalmente diferente, marcada básicamente por dos factores.
El primero es el hecho que muchos gobiernos socialdemócratas llegaran al poder durante los últimos años por toda Europa para acabar aplicando medidas neoliberales, en muchos casos peores que sus predecesores conservadores, como por ejemplo Jospin en Francia, Tony Blair en Gran Bretaña o Schröder en Alemania. Esto se ejemplifica en un término cada vez más usado dentro el movimiento anticapitalista y que es relativamente nuevo, como es el de social-liberalismo. El segundo es la crisis, tanto económica como ecológica, y sobre todo la crisis de legitimidad del sistema. Ésta ha abierto sin duda un espacio más grande que nunca para que las ideas antineoliberales y anticapitalistas tengan una buena recepción por parte de mucha gente. La radicalización que hay —y que aumentará con la crisis— hará que esta situación sea más favorable en el futuro.
Todo esto hace que ahora mismo haya más gente dispuesta a ir más a la izquierda que hace unos años y abierta no sólo a la lucha por reformas concretas, sino también a escuchar ideas anticapitalistas y revolucionarias. Las pancartas de “Saura traidor” —haciendo referencia al líder de IC-V/EUiA y consejero de Interior del gobierno catalán— en muchas manifestaciones, no son de gente simplemente sectaria y que nunca habían confiado en un gobierno de izquierdas, sino más bien de personas que lo habían hecho y se han visto traicionadas una vez tras otra. De hecho, cualquier persona activa dentro de una campaña o un movimiento social o sindical puede comprobar que los últimos años se han caracterizado por un deseo extraordinariamente fuerte de unidad entre los y las militantes de muchas tendencias y tradiciones políticas. Algo que se ha expresado de varias maneras. Una de ellas son los reagrupamientos a la izquierda de la izquierda. Es en este contexto donde se enmarca el surgimiento de proyectos, coaliciones y partidos anticapitalistas y antineoliberales por todo Europa.
De estos proyectos destacan ahora mismo dos bien diferenciados y con proyectos políticos diferentes. De una parte el del ya oficialmente fundado Nouveau Parti Anti-Capitaliste (Nuevo Partido Anticapitalista, NPA) en Francia con el que era el líder de la Ligue Communiste Révolutionnaire (LCR) Olivier Besancenot, al frente. Y por el otro el Die Linke (La izquierda) en Alemania, con Oskar Lafontaine como figura más visible, ex-miembro del gobierno alemán por el Partido Socialdemócrata Alemany (SPD).
El NPA fue impulsado por la LCR. La idea de la nueva formación nace en parte de la victoria del “No” a la Constitución Europea en el año 2005 y de la necesidad por parte de muchos de las activistas que habían participado en la campaña de construir un referente político. A este hecho se le sumó el éxito de Besancenot en las pasadas elecciones presidenciales al ser la principal opción votada a la izquierda del Partido Socialista Francés (PSF) con un 4’1%, casi un millón y medio de votos. Durante los meses previos a su fundación oficial se han formado más de 460 comités de apoyo. Estos comités han servido para que antes de su constitución el NPA tuviera ya más de 9.000 personas que querían participar en el proceso de fundación. Teniendo en cuenta que la LCR tenía alrededor de unos 3.000 miembros, el crecimiento es más que evidente.
Por su parte, el Die Linke se fundó a mediados del 2007 en Alemania y se han unido ya unos 70.000 militantes. Este nuevo partido surge de las grandes movilizaciones en la antigua Alemana del Este contra la reforma del estado del bienestar que pretendía llevar a término el gobierno del SPD de Schröder. Estas movilizaciones, conocidas como las “manifestaciones de los lunes”, provocaron la unión de dos formaciones que más tarde se convirtieron en el Die Linke. La primera, con una fuerte base en la Alemania occidental, era el WASG (por sus siglas en Alemany), una organización formada por miembros de los sindicatos alemanes y ex-miembros del SPD que habían roto con el partido debido a su defensa de las políticas neoliberales. Ésta se unió al PDS, el sucesor del Partido Comunista que gobernó Alemania del Este y que todavía conserva cierta fuerza. Actualmente el Die Linke tiene 51 diputados en el parlamento alemán, rompiendo con la hegemonía que había mantenido el SPD durante décadas y abriendo una sería brecha en la izquierda alemana.
¿Qué tipo de partido?
El debate que surge del éxito de estas dos formaciones es qué clase de partido se debe construir y bajo qué premisas se debe hacer. El debate se da entre las formaciones estrictamente anticapitalistas, como el NPA, o las antineoliberales, como el Die Linke, y atadas al reformisme en menor o mayor medida.
El Die Linke, por su parte, no ha nacido con la perspectiva de llenar el vacío a su izquierda en base a una política revolucionaria y anticapitalista. Así, aunque se lo puede calificar de nueva izquierda y se desmarque de las políticas social-liberales que vienen aplicando los gobiernos de centro-izquierda, no tiene explícitamente un compromiso con el derribo del capitalismo. Está claro que desde este punto de vista podríamos decir que el Die Linke se enfoca más hacia un partido reformista radical que hacia una organización anticapitalista como tal. De hecho, en su interior existe una lucha entre una parte más a la derecha —formada por los ex-líderes del PDS— y otra más a la izquierda —formada por los sindicalistas que dejaron el SPD y encabezada por el líder del partido Oskar Lafontaine. A la vez, dentro del Die Linke existe una fuerte sección estudiantil, el SDS, con claros posicionamientos anticapitalistas y que, pese a que su influencia dentro las estructuras del partido no sea muy grande, sí que ejerce de polo radical que en ciertos momentos puede hacer girar el partido hacia la izquierda.
Está claro que lo que trata de hacer Lafontaine es reconstruir un verdadero partido reformista desde un discurso mucho más a la izquierda. Pero al mismo tiempo, para hacer esto tiene que apelar a la parte más a la izquierda del partido. Un ejemplo de esto fue uno de sus discursos en el congreso del partido del pasado mes de mayo, donde denunció al SPD por traicionar la Revolución Alemana de 1918, citando no sólo líderes de la revolución como Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, sino también a Marx y a Engels. Además, la política del Die Linke está muy marcada por su posición contra la guerra y la OTAN, por la subida de los salarios y por una estricta regulación del mercado financiero. De hecho, el Die Linke será una de las fuerzas que más impulsará las movilizaciones contra el 60 aniversario de la OTAN el próximo mes de abril en Estrasburgo.
Por su parte, la línea que marca el NPA viene determinada por el hecho de no repetir las malas experiencias del pasado, por situaciones en las cuales la izquierda radical puede llegar a integrarse o apoyar a gobiernos social-liberales. Como por ejemplo la experiencia del Partido Comunista Francés formando parte del gobierno con el PSF, pero también la más reciente de Rifondazione Comunista en Italia entrando en el gobierno de centro-izquierda de Prodi. Y sin duda este peligro existe. Un ejemplo de esto es precisamente la participación de una parte del Die Linke, liderada por el PDS, que ha participado en el ayuntamiento de Berlín impulsando políticas neoliberales y que ha creado muchos debates y problemas a la formación.
Es por esto que la formación de la NPA se ha hecho sobre las bases de que el nuevo partido debe ser anticapitalista y no simplemente opuesto al neoliberalismo. Pero, ¿que quieren decir cuando hablan de anticapitalismo? Por ejemplo, esta palabra deja abierto como se rompería con el capitalismo. Pero a la vez hay posicionamientos que, pese a que los podríamos calificar como antineoliberales, —y que de hecho podrían defender el Die Linke— atacan en muchos casos las raíces mismas del capitalismo y que si se pusieran en práctica seguro que se encontrarían con la oposición total por parte de los grandes capitales, como, por ejemplo, la demanda de una renta básica, la expropiación de los pisos vacíos para alquiler social, la nacionalización de la banca y la industria o una estricta regulación de los mercados financieros.
Pero pese a que la izquierda anticapitalista tenga toda la razón al avisar de los problemas que trae participar en gobiernos junto con el social-liberalismo, no se puede evitar el hecho que si la formación en cuestión tiene éxito, sobre todo a nivel electoral, muchos de sus votantes y militantes querrán y valorarán la posibilidad de que estas alianzas se formen, como podría pasarle al Die Linke. Ninguna formación, y más si ésta quiere combinar la lucha a la calle con una representación política a nivel electoral, puede escapar a estas presiones más tarde o más temprano. El NPA no podrá evitar, por el simple hecho de decirlo, tener esta clase de problemas, sobre todo si tiene el éxito que todos y todas deseamos. El hecho de que haya personas que rompan o se sientan traicionadas por el reformismo o el social-liberalismo no implica forzosamente que éstas empiecen a radicalizar sus ideas hasta convertirse en anticapitalistas que quieran acabar con el estado capitalista y la sociedad de clases. En la mayoría de casos lo que harán será buscar lo que han perdido. En este caso un partido u organización que sea realmente de izquierdas y que proponga soluciones reales a sus problemas cotidianos.
Poner una línea entre antineoliberalismo y anticapitalismo no te asegura evitar las luchas entre una parte más conservadora y una parte más a la izquierda dentro estas formaciones. Luchas que por otra parte se dan en cualquier organización que sea dinámica y que permita el debate, sobre todo cuando éstos son proyectos que están en plena formación. Pero vale la pena decir que la posición del NPA no es sectaria, puesto que como afirma François Sabado, miembro destacado de la ex-LCR y ahora del NPA, la formación del NPA no significa necesariamente la no colaboración con formaciones a su “derecha”, como por ejemplo la escisión del PSF que ha surgido a través de Jean Luc Mélenchon. “Debemos tener en cuenta su ruptura con el PS, tener una actitud positiva cuando se trata de la unidad de acción, pero no confundir esto con dos proyectos que son diferentes”, explica Sabado.
Aquí surge la cuestión de cómo se llevaría a término esta ruptura con el capitalismo. En la contribución de la LCR a la reunión de la Izquierda Anticapitalista Europea el pasado 27 y 28 de junio afirmaban que su objetivo era “un mayo del 68 que vaya hasta el final” con un movimiento de base “que controle la dirección de la economía” y que su intención, refiriéndose al futuro NPA, era la de construir un “partido de ruptura con el capitalismo”, un partido “por la transformación revolucionaria de la sociedad”. Pero en este caso la palabra revolucionaria toma otro matiz. No hemos de entender el término revolucionario como algo semejante al que entendemos los militantes de tradiciones marxistas. Esta tradición, que se enmarca en la de la Revolución Rusa de 1917, marca unos patrones de sucesos muy determinados: crisis del estado, surgimiento de un poder desde la base (en aquel caso los soviets o consejos de trabajadores), poder dual, toma del poder, destrucción del estado y un partido de masas con fuertes raíces en la clase trabajadora. Para los impulsores del NPA esto no tendría que ser de este modo. De hecho, con toda razón, los impulsores del NPA defienden que para que éste sea un partido amplio no puede empezar a tomar posiciones respeto a la revolución y cómo se llevará a término ésta, y menos poner como principio la tradición marxista clásica como ideas principales del nuevo partido.
Un polo revolucionario
Pero esto, a diferencia de lo que afirman los impulsores del NPA, no quita la necesidad de un polo revolucionario dentro esta clase de formaciones. Estos polos son necesarios porque las ideas de una organización o corriente revolucionario pueden tener mucha importancia en ciertos momentos, como, por ejemplo, cuando aparezca la presión hacia la institucionalización del partido. Además pueden dar una visión de cómo funciona el sistema y de cómo acabar con él gracias a la experiencia acumulada de la tradición revolucionaria.
La necesidad de construir una nueva izquierda abierta y aglutinadora es todavía más urgente hoy en día tras la crisis económica. Por eso es por lo que aquellos que comparten la necesidad de una perspectiva revolucionaría deben mostrar su política y conservar su identidad, posicionándose claramente con su propia política adentro de estas formaciones. Unas veces esto querrá decir organizaciones participando en coaliciones más amplías. Otras, formar parte de una corriente dentro una organización más grande, como hacen los y las compañeras de la corriente internacional de la que forma parte En lucha –Socialismo Internacional– en el Die Linke a través de la revista Marx 21.
Sabado afirma que el NPA recoge las mejores tradiciones históricas tanto de comunistas, libertarios, socialistas, etc. Esto, pese a que es necesario y es algo que un partido amplio como el NPA debe hacer, no implica en caso alguno la negación de una corriente dentro del propio NPA que, a la vez que trabaje junto con todas estas tradiciones políticas, recoja y aglutine a la tradición marxista revolucionaria, que continúa siendo una tradición que pone su énfasis sobre todo en el rol fundamental de la clase trabajadora como motor de cambio de la sociedad, y sobre todo en el leit motiv de la corriente internacional de la cual forma parte En lucha, como es que la emancipación de la clase trabajadora sólo será obra de la propia clase trabajadora.
Esto no significa caer en una ortodoxia mecánica, sino al contrario; significa seguir el hilo de la tradición marxista adaptándola a los retos que afronta la clase trabajadora del siglo XXI, siendo conscientes de los cambios que ha sufrido ésta durante los últimos años. Por otra parte tampoco significa subestimar el papel que juegan los movimientos sociales en la lucha contra el sistema y el capital. Una prueba de esto es la implicación como corriente internacional –teniéndolo muy claro desde el principio– en el movimiento anticapitalista, donde uno de sus motores principales han sido los diferentes movimientos sociales. Pero sí que significa continuar reconociendo el papel que la clase trabajadora juega en el sistema y como un actor imprescindible para llevar a término un cambio social revolucionario profundo.
El ex-líder de la LCR Daniel Bensaïd, en una charla de la escuela de verano de la LCR, afirmaba que la introducción “del concepto de hegemonía modifica la visión de la relación entre el proyecto socialista y las fuerzas sociales susceptibles de realizarlo; impone renunciar al mito de un gran sujeto de la emancipación. Modifica también la concepción de los movimientos sociales, que ya no son más movimientos ‘periféricos’ subordinados a la ‘centralidad obrera’, sino protagonistas de pleno derecho”. Pese a que nadie niega la importancia de los movimientos sociales al plantear alternativas al sistema, sobre todo cuando el movimiento obrero ha sufrido durante muchos años derrotas que lo han debilitado mucho, la centralidad de la clase trabajadora continúa siendo hoy en día algo imprescindible y ni muchos menos un “mito” a renunciar.
El NPA, según Sabado, se considera revolucionario porque quiere poner “fin al capitalismo” a través del “de la destrucción radical de las estructuras económicas y políticas de poder”. Para él la construcción de sociedades socialistas implica revoluciones donde “los de bajo” echan “a los de arriba” y toman el poder para cambiar el mundo. Pues bien, hace falta preguntarnos si para hacer esto los movimientos sociales son suficientes o si hace falta que la clase trabajadora organizada no sólo entre en la escena política, sino que juegue un papel central. Es cierto, como dice Sabado, que no sabemos cómo serán las revoluciones del futuro y que tendrán aspectos nuevos que no se han dado antes en la historia. Y seguro que las del siglo XXI tendrán características que no han tenido ninguna nunca antes, quedando muchas cosas abiertas. Pero a buen seguro que el papel de la clase trabajadora será central.
El éxito tanto del NPA como del Die Linke es indudable. Que un partido como el NPA que no estuvo constituido oficialmente hasta principios de febrero ya tenga más de 9.000 militantes es, sin duda, una gran noticia. Por otra parte una ruptura hacia la izquierda tan importante en las filas del partido socialdemócrata más importante del mundo, y posiblemente el que tenía más raíces dentro la clase trabajadora, es algo a tener en cuenta.
Está claro que el NPA y el Die Linke son dos proyectos que, pese a enmarcarse en el proceso de formación de la nueva izquierda, tienen características y enfoques diferentes. Más allá de los problemas en los que se puedan encontrar y las cuestiones a aprender y resolver, es evidente que estos partidos responden a las condiciones políticas y sociales que marcan la región de la cual han surgido. Por lo tanto, no hay un modelo concreto para el surgimiento de estas formaciones y según la situación política, la situación de la izquierda y el contexto, se dará de una manera u otra y, por lo tanto, tomará unas formas y no otras. En este caso no hay ningún libro de instrucciones que nos pueda decir cuáles son los pasos a seguir.
Lo cierto es que nos encontramos en un momento crucial para el futuro de la izquierda revolucionaria y anticapitalista. Muchos activistas demandan más unidad. El viaje será largo y seguro que traerá problemas. Además, es un viaje que estamos haciendo sin mapas que nos guíen, ni normas preestablecidas a las que seguir.
Lo que podemos conseguir andando juntos y lo que encontraremos al final del camino es algo demasiado importante como para dejar pasar una oportunidad como la que se nos presenta delante nuestro. Si la dejamos escapar, la historia no sólo no nos lo perdonará sino que nos lo hará pagar muy caro. Cualquier persona que quiera cambiar el mundo no debería dudar ni un momento en la necesidad de construir hoy, y empezando ya, esta clase de formaciones, lanzándose de cabeza a hacerlo.




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